Que no le digan…

Por: Mario A. Medina

Viernes, cuatro de abril de 2025

Los niños sicarios del neoliberalismo 

El pasado miércoles el diario El Universal publicó como su nota principal la entrevista a cuatro menores de edad refugiados en albergues después de haber sido enrolados en las filas de los cárteles del narco y que, por fortuna, pudieron huir de sus entidades para proteger sus vidas.

 

Cuando va uno leyendo las narraciones, (Reclutamiento: niños dejan juegos por armas), se encuentra el sentido de la política social que impulsó Andrés Manuel López Obrador durante su mandato.

 

Alelhí Salgado -autora de la nota periodística- escuchó testimonios de los jóvenes “sobrevivientes del narco-reclutamiento” como cabecea el diario.

 

Sus tristes historias son producto de un sistema social que va más allá de un problema de seguridad pública, tiene que ver con diferentes “factores como la familia, la educación, la comunidad, el acceso a espacios y actividades en donde puedan desarrollarse como actores sociales y en donde se fomenten sus habilidades psicosociales”; desde luego y muy importante, la pobreza.

 

Las narraciones de los jóvenes son verdaderamente desgarradoras porque además de dejar los juegos por las armas, “vieron cómo sus hermanos o amigos murieron, tableados, incinerados antes de cumplir los 20 años”.

 

La reportera guarda las identidades de quienes le ofrecieron sus testimonios, de lo difícil que fue para ellos haberse enlistado en las filas del Cártel de Sinaloa, pero es mucho más patético saber que uno de ellos lo hizo por voluntad propia, pero al mismo tiempo porque fue él quien encauzó a su hermano menor con la promesa de “tener una vida mejor sin estudiar” cuando se integrara al grupo delictivo.

 

La historia de Pablo es igual de desconsoladora cuando se va viendo la radiografía que cuenta el muchacho. Se vuelve a percibir el mismo mal, la misma enfermedad, la de un sistema económico social que olvidó durante décadas a los más pobres, particularmente a quienes viven en el campo.

 

Pablo -destaca Alelhí-, “creció pensando que el trabajo de sicario de su padre -un ex jefe de plaza- era como un médico, abogado o cartero”. Vivía con su familia en un municipio considerado de extrema pobreza, y que para “cambiar los frijoles por carne”, su progenitor un día se fue, y cuando regresó, lo hizo en “una camioneta grande”, para luego llevarse a la familia a la sierra con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

 

Lo peor fue que a los diez años, el padre de Pablo fue quien “le enseñó cómo se empuña un cuerno de chivo” y, dos años después, el niño “ya cortaba perico, embolsaba crystal y era puntero del CJNG”. 

 

En diversos estudios de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), publicados en 2011 y 2015 (gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto), se advertía que el reclutamiento de la niñez por parte del crimen organizado era debido a diversos “factores (ausentes) protectores como la familia y el acceso a oportunidades dignas de trabajo”.

 

Por eso tiene sentido la frase de Andrés Manuel López Obrador de “Por el bien de todos, Primero los pobres” y del porqué de las becas “Jóvenes Construyendo el Futuro” y “Jóvenes Escribiendo el Futuro” y, desde luego, las Becas del Bienestar”, descalificadas por una buena parte del sector conservador de este país. Aquella frase no era sólo un enunciado, es un proyecto social de gobierno.

 

“Francisco” es el nombre ficticio de un joven de Los Altos de Jalisco, el cuarto entrevistado. No cursó la primaria. El muchacho muestra el mismo signo que caracteriza a una buena parte de quienes el Cártel -el que sea-, les es fácil cooptar.

 

Relató a la reportera que le gustaría estudiar; que no conoció a sus padres porque murieron cuando era bebé. Su tía y su tío lo adoptaron, y “por falta de oportunidades lo hicieron trabajar”.

 

Alelhí considera que entre ellos está el concepto de “venganza” contra quienes los maltrataron, los tableaban, los hacía pelear hasta asesinar al otro, así fuera su amigo o hermano; o contra quienes “le pusieron el dedo” al padre de uno de ellos o para vengarse de quienes trataron de asesinar a su hermano.

 

Estas son historias de quienes no se conocen entre ellos, pero confluyen en una idéntica desgracia y nos muestran una misma radiografía, un ultrasonido muy similar, el de una sociedad a la que un sistema social y económico, el neoliberal, desdeñó y no incluyó para acceder a mejores niveles de preparación, de empleo, de esparcimiento, de salarios justos, el de una vida digna.

 

Efectivamente es importante que el Estado haga todo lo necesario para que las niñas, niños y adolescentes no caigan en las redes de los cárteles del crimen organizado.  La política social que emprendió López Obrador y que sigue impulsando la presidenta Claudia Sheinbaum, ha sido un primer paso en esa dirección; ha sido como sembrar una semilla que no da de inmediato frutos; será en unos años más cuando comencemos a ver resultados; cuando comencemos a ver a niños y niñas, distintos, distintas, a ingenieros, ingenieras, médicas, médicos, escultores, escultoras, escritores, escritoras, presidentes, presidentAs. 

 

Que no le cuenten…

 

Este sábado se cumplen 26 años de la muerte del Ing. Heberto Castillo Martínez. Construyó el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), cuya propuesta política y social es muy parecida a la que hoy Morena sustenta: de izquierda nacionalista.  Soy de los convencidos que a Heberto la Cuarta Transformación le debe un gran reconocimiento, y una mejor posición en la historia de nuestro país.